De la pecera al océano: cómo aprender lenguas transforma nuestra identidad
- Cecilia Reyes Alarcón

- 26 abr
- 2 min de lectura
Conoce la historia de Cecilia, la Subdirectora de la Oficina de Servicios para Estudiantes Internacionales y Programas de Estudio en el Extranjero.

Mudarse a otro país se sintió, literalmente, como salir de una pecera y descubrir el océano. La pecera no era pequeña ni limitada. Era mi mundo conocido: mi lengua, mi cultura, mis referencias, pero el mar era inmensamente más amplio, profundo y diverso. Cuando me mudé de Chile a Noruega, comenzó una metamorfosis que transformó no solo mi entorno, sino también mi identidad.
Como latina viviendo en un país nórdico durante 23 años, experimenté el paso de un “nosotros vs. ellos” a una sensación de pertenecer a más de una cultura. Con el tiempo, dejé de sentir que debía elegir entre una identidad u otra. Aprendí que podía ser ambas. Hoy no me defino por una sola geografía; mi identidad es el resultado de los lugares que he habitado y de las lenguas que he aprendido.
Durante mis estudios universitarios trabajé como profesora de español y como intérprete de noruego, español y portugués. Fue en ese rol donde comprendí que el idioma no solo traduce palabras: traduce formas de ver el mundo. Traducir no era simplemente trasladar palabras de un idioma a otro, sino interpretar silencios, matices y distintas maneras de expresar emociones.
El español, por ejemplo, pertenece a una cultura comunicativa de alto contexto emocional. Explicamos lo que sentimos. Narramos detalles. Usamos intensidad para conectar. En cambio, el noruego refleja una cultura más minimalista. El silencio no incomoda. Se valora la precisión y la brevedad. Lo que en un contexto puede parecer “demasiado”, en otro es simplemente otra forma de cercanía cultural. Comprender esto fue revelador. Me enseñó que cada lengua ofrece una lógica distinta para habitar el mundo.
Hablar diferentes lenguas me permitió entender algo aún más profundo: cada nuevo idioma no añade solo vocabulario, añade perspectiva. La vida se vuelve más rica cuando se puede pensar, bromear y sentir en distintos códigos culturales. Entender el humor de un país, su manera de discutir, su relación con el tiempo o con la emoción, se vuelve más accesible cuando uno se acerca a su idioma.
Hoy, en mi trabajo en la universidad, acompaño y guío a estudiantes que desean estudiar en el extranjero. Nuestros estudiantes no necesitan un segundo idioma para atreverse a viajar, pero cuando se abren a aprender nuevas lenguas, el mundo se vuelve menos ajeno y más comprensible. Salir del país puede dar miedo. Sin embargo, el idioma actúa como puente: reduce la distancia, fortalece la confianza y facilita la conexión.
Si vivir en el extranjero me sacó de la pecera y me lanzó al océano, aprender lenguas fue lo que me enseñó a nadar. Por eso creo firmemente que el estudio en el extranjero no es solo una experiencia académica, sino una expansión de identidad. Cada idioma que nos atrevemos a explorar es una puerta que se abre. Y al cruzarla, descubrimos que el mundo es más amplio de lo que imaginábamos, y que nosotros también lo somos.







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